91-92, UNA TEMPORADA CASI REDONDA. MÁS BALONTURISMOPIÉ
La racha triunfal del equipo de Luis Aragonés se frenó en seco en el Camp Nou, donde perdimos el liderato merced a un gol de Stoichkov. Pero a esas alturas del campeonato la afición soñaba con una gran temporada y, por qué no, en ganar una Liga que se nos resistía desde el año 77. Incluso nos permitimos el lujo de ver en el Calderón una goleada al Valladolid de Pacho Maturana, Higuita, Caminero y Valderrama, con dos goles de Schuster y tres de Manolo, que sería el máximo artillero de aquella liga, callando a más de un iluminado futurólogo que le auguró al bravísimo delantero un futuro muy corto en la casa rojiblanca. Por cierto, cada vez que abro cualquier libro de historia de la Liga allí veo, en la sección pichichis: Temporada 91-92, Manuel Sánchez Delgado, Atlético de Madrid, goles: 27. Por más que busco no encuentro el nombre de esos bocazas de palabra fácil. Por suerte, o por desgracia, en la frialdad de las estadísticas no hay lugar para el comentario.

Manolo consiguió el pichichi aquella temporada
El Calderón parecía la cárcel de Alcatraz, de donde no se escapaba ni un punto. Pero tal defensa numantina iba a saltar por los aires en la jornada 14. Sería el Sevilla de Víctor Espárrago, Suker y Zamorano el que hiciera de las tropas de Escipión «El africano», poniéndose en el papel del que traiciono a Viriato el descerebrado que arrojó, a un poco inspirado Merino González, un vaso de plástico lleno de cerveza que le dio de lleno en toda la jeta al trencilla y con tan mala suerte que le partió el labio. La consecuencia de tal barrabasada, no sólo para el equipo, como veremos más adelante, sino para todos los aficionados al fútbol en vivo, fueron nefastas: El constructor metido a político se encargó de liderar una cruzada para prohibir la venta de cerveza con alcohol en los campos de fútbol exceptuando, claro está, el palco donde corría el J.B a hectolitros. Para dar ejemplo el Calderón fue el primero y daba grima, como he dicho antes, ir al fútbol y no poder beberte una cervecita en el descanso mientras humeaban las chimeneas de los hornos de cocción de la vecina fabrica del Mahou. Fue en ese momento cuando tomé conciencia: Sin lugar a dudas éramos la afición sufridora del fútbol español.
Además del fútbol, la música, mi vespa y la cerveza tengo otra afición desconocida para la gran mayoría de la gente: La magia. Dicha afición llevo practicándola intermitentemente desde mi adolescencia. Aquel otoño tuve la gran suerte de conocer al hermano de Olga, la por entonces novia de «Panas», Óscar Rodrigo que, además de ser un tipo estupendo, es un gran mago y de una técnica exquisita sobre todo con las cartas. Reavivó mi dormida pasión mágica y me animó ayudándome a montar un espectáculo mágico con el que hice una docena de actuaciones que sirvieron para reactivar mi mente y mi espíritu algo dormido en aquella época de felicidad total.

Con Oscar Rodrigo haciendo el número del «Gran Gili»
Volviendo al fútbol, el año 92 no pudo empezar de mejor manera metiéndole a un gris Madrid 2-0. El siguiente partido lo jugaríamos de local con el Calderón cerrado contra un recién ascendido Deportivo de La Coruña. El patatal elegido por el constructor fue el León Felipe de Cáceres donde el equipo gallego, que afrontaba su última temporada de humilde sufridor, nos ganó 1-2 privándonos de dos puntos que tendrían mucha importancia en el futuro desenlace de la liga seis meses más tarde. Me da rabia pensar que estos cierres no sirven para nada. Al contrario: El imbécil que tiró el vaso de cerveza a Merino González seguro que pudo ir a Cáceres a seguir haciendo el bestia y el abuelete jubilado que va cada dos semanas al fútbol a ver al Atleti de sus amores, una de las pocas alegrías que le quedan en la vida, se jode y lo oye por la radio… y el camarero del bar de la calle Toledo que sólo se puede escapar dos horas de la barra para bajar al Calderón a ver a su equipo… también se jode. Pregunto yo: ¿No sería mejor jugar a puerta cerrada y así además de los justos, también paguen los pecadores, no trasladando su animalismo a otra ciudad?.
Tras el descalabro de Cáceres debíamos vernos las caras con un sorprendente Albacete dirigido por un desconocido y de métodos revolucionarios Benito Floro. Con su equipo estaba consiguiendo un juego mecanizado y casi sin fisuras. El «queso mecánico» lo bautizó la prensa. Ironías o injusticias de la vida: El «Alba» luchando por Europa con el Atlético de Madrid. Mientras, el Deportivo de Guadalajara a trescientos y pico kilómetros de allí, jugando en Tercera contra el Atlético Teresiano. Daba la sensación de que aquella «regionrision», La Mancha, funcionaba de puta madre. Sin embargo, su pequeña parte de Castilla,la nuestra, era ignorada por José «Mono» y demás politicastros autonómicos.
Nos presentamos Aurora, Piraña, Nacho, Panas, Mariano «El Italiano» y yo (de traje y corbata…muy mod) en los aparcamientos del fondo norte del Calderón a las diez de la mañana, tras haber estado la noche de fiesta por Guadalajara, con la intención de coger uno de los autobuses que había puesto el Frente para el partido del Belmonte. Soñábamos con un partido fácil tras haberle metido nada menos que cinco goles al Oviedo en Copa.

En el Tartiere con Jesús y Aurora
Desde el primer momento, con el cachondeo sano que llevábamos, el jefe de seguridad de la policía de Madrid a bordo de un automóvil nos acompañaría todo el viaje. Se hizo muy colega mío, imagino que, a pesar de ser los únicos que estábamos de «guasa» por decirlo de alguna manera, le deberíamos parecer los más normales de todo el grueso de la expedición compuesta por dos autobuses además del nuestro. Para no variar, nos colocamos en la parte trasera del bus ocupado por frentistas que, al contrario que nosotros, estuvieron todo el viaje callados. Los siete de atrás dale que te pego a los cigarritos con truco… y ji, ji, ji…y ja, ja, ja… de vez en cuando para enredar yo decía muy bajito: «Buyo, Buyo»… comprobando como a la vez varias cabezas se volvían desde adelante con miradas inquisitivas, entonces todos, para no dar tiempo a la duda, empezábamos a cantar: ¡Forza Atleti… Oe!. Paramos al mediodía en un restaurante de carretera y después de tomarnos unas cervezas en la barra nos sentamos a comer mientras todo el mundo seguía de pie comiendo bocadillos. ¡Qué cuadro!… Nosotros en una mesa y yo con mi traje de rayas. Parecía el capo de toda la banda. A la hora de pagar… movida. Las cuentas no salían por lo que yo inquirí la presencia del camarero, el cual me atendió de muy mala gana, incluso diría que con cierta chulería y desprecio. Me hizo saber que teníamos una cuenta en la barra más grande que la de un buscador de oro del oeste. Yo me levante pidiéndole que me acompañara a la misma y allí el camarero de ésta aclaró que estábamos al día. El tipo, que debería ser el jefe, siguió con su chulería, a lo que yo le hice un gesto con mi dedo índice y mayor para que acercara su oído, y con una leve vocecita a lo Don Vito Corleone, le dije, barriendo con mi dedo a todos los frentistas: “No te pases ni una cala que con sólo chasquear los dedos toda esta gente te deja esto como un solar”… «¿Algún problema Chema?», preguntó el policía que se acababa de acercar: «Nada, este listo, que nos quería tangar…¡Venga jefe, a ver si hacemos mejor las cuentas!». El tipo después de disculparse, muy a su pesar, se fue más cabizbajo que Boabdil el chico después de perder Granada.
El viaje continuó en la misma tónica. Al llegar a las inmediaciones de un Belmonte abarrotado de manchegos, los hasta ese momento tranquilos pasajeros del autobús saltaron como un muelle y empezaron a golpear las ventanillas, llamando a to quisqui: «Paletos… hijos de puta….» ,mientras otros hacían calvos contra los cristales a los albaceteños, que al igual que nosotros, no daban crédito a lo que estaban viendo y oyendo. Nos bajamos del autobús escoltados por la policía en procesión hasta el campo ante las miradas alucinadas de la gente que no respondía a las salvajes provocaciones de los que nos antecedían. Al principio tuve la bochornosa sensación de pertenecer a la jauría de fieras de un circo en procesión por las calles de la localidad el día de su estreno. Para desdramatizar íbamos diciendo a todo el mundo: «Nosotros somos de Guadalajara… también somos paletos», «Ala, que tengáis buena suerte y veamos buen partido»…. Y así hasta que llegamos a la grada, donde nos ubicaron en una esquina desde la cual no se veía ni hostias. Pero lo peor estaba por llegar… La policía se colocó detrás de nosotros acordonándonos para no dejarnos salir ni al bar ni a mear. Menos mal que allí estaba nuestro «amigo»: El jefe de policía. Ordenó que a nosotros los de Guadalajara nos dejasen entrar y salir de la grada siempre que quisiéramos.
Del partido poco puedo contar pues, como he dicho antes, no se veía ni un pijo. Al descanso ya íbamos perdiendo 1-0 y en el 25´ del segundo tiempo vino el 2-0. Tras este gol Mariano y yo nos fuimos a la parte baja de la grada separándonos del grupo cuando al rato una frentista, con trazas de verdulera y sobradita de kilos, se enzarzó a través de la valla con una persona mayor que ocupaba su localidad de tribuna gozando de la victoria del equipo de su tierra. Entonces empezó la debacle. Los policías que estaban arriba, deseosos de entrar en acción, bajaron porras en mano y se liaron a mandobles con ‘»to Dios»… Nosotros abajo ajenos a todo hasta que uno de ellos fue hasta allí, porra en ristre, invitándonos a que nos fuésemos arriba hacia la bronca. Sin levantarnos, le rogamos que nos dejase en paz… y él en sus trece. Cuando ya empezaba a darnos toquecitos con la jodida porra llegó, quién si no, mi amigo el jefe de policía y echándole una bronca de la hostia se fue por donde había venido. El equipo no solo bajó hasta la sexta posición sino que fue alcanzado por los manchegos igualándonos estos a puntos. Nosotros al bus a dormir, que ya estaba bien la cosita.
En los años que el equipo manchego estuvo en primera fui otras dos veces a ver al Aleti: Una en Copa y otra en Liga y, manda huevos, nunca los vi ganar. Aunque, a decir verdad, nunca veíamos ganar a nuestro equipo cada vez que se nos ocurría ir a verlo por esos campos de España. Ni tan siquiera en Vallecas…como si fuéramos cenizos.
Al año siguiente pintaba de puta madre para ir a Burgos a romper ese maleficio. Después de chuparnos un viaje de órdago en un mini bus, no parando de reír y reír ( en aquel viaje me bautizaron con el mote de «Jaimito» por mi parecido nasal con el actor italiano Álvaro Vitali)… ¡Zas! …Al llegar a la ciudad castellana… a darse la vuelta. El partido se había suspendido por la nieve. El aplazado se jugó un mes más tarde. No fuimos y por supuesto… ganamos. Recuerdo de aquel descerebre de viaje que, en una de las paradas, con toda la nicotina y el TCH en la mano ya quemados, al «Piraña» no se le ocurrió otra cosa que pedirle un papel a un policía. El manotazo que le dio fue bárbaro. Aun así se enrolló y no le tomó datos, mientras yo me lo llevaba de allí casi de la pechera. ¡Que jodido este «Follete»!… se reía hasta de su sombra.
Allá por el mes de febrero, de buenas a primeras y sin rendir cuentas a la pírrica masa de socios (12000), a los cuales había subido la cuota el doble, el por entonces inhabilitado presidente decide cargarse una cantera tantos años modelo en el fútbol español. La excusa fue que generaba muchos gastos (200 millones). A cambio el Madrileño paso a ser el banco de prueba de un sin fin de futbolistas de cuarto pelo que ayudaron a engrosar a lo bestia la ya más que preocupante deuda del club.
Para el que no lo sepa, la original y divertida versión del himno de la legión que se canta en el Calderón es de Glutamato Yeyé, grupo cuyos componentes eran forofos del glorioso equipo atlético de balonmano, donde sudó la camiseta el más grande y el que más alegrías ha dado al escudo rojiblanco: Cecilio Alonso. Pues bien, ese año se quedarían sin equipo pues el tipo éste se cargó nada menos que 43 años de laureada historia. El recambio fue un equipo de básquet que estuvo dos años avergonzándonos por las canchas del país con un Walter Berry que costó 200 kilos, los mismos que toda la cantera de fútbol. Es increíble que un presidente atlético ignore que el único color que admite el corazón rojiblanco es el azul clarito del Estudiantes, nuestro equipo de baloncesto.

Javi «Piraña» (izquierda), madridista que se apuntaba a las farras atléticas (con Isabel, Nacho y Panas)
Tras la debacle del Carlos Belmonte el equipo fue cogiendo carrerilla hasta plantarse tercero en la jornada 26, con la posibilidad de dar caza al poderoso Barcelona que nos visitaba aquel sábado. ¡Joder!… con el liderato ahí a tiro y la volvimos a pifiar. Pifia que vimos Aurora y yo junto con mi hermano y el Panas desde un desierto anfiteatro de fondo sur. ¡Qué triste!… nos estábamos jugando una liga y no llegábamos a 15000. Aquella noche, el Atleti jugó de cine, poniéndose por delante en el marcador en los albores del partido con gol, cómo no, de Manolo y cantada de Zubi incluida. Pudimos habernos acostado lideres (lo de acostarnos es un decir) si el gran Abel Resino no hubiera querido jugar el balón en una cesión de las de antes y lo hubiera cogido con la mano, no rebotando el balón en su rodilla. Entonces Baquero que, como mandan los cánones del fútbol, fue a apretar al portero no hubiera mandado aquel puñetero esférico al fondo de su portería. Al Barça aquel punto le supuso el liderato, al perder el Madrid, sorprendentemente contra el Español.
Acabó el partido y nos quedamos por Madrid a celebrar el sábado con la tranquilidad de tener cubierto el negocio por un joven «Pepinillo» que lo hacia la mar de bien. Tras acabar nuestra vuelta turística por la noche madrileña, con fiesta mod «All nighter» incluida, el poco juicio que nos quedaba nos hizo desistir de encaminar nuestra vespa por la Nacional II sin antes echarnos una siesta matutina en el Parque del Retiro. Casi un par de horas después el ruido de un jardinero trabajando nos despertó cubiertos con mi parka que en más de una ocasión ha hecho las veces de saco o manta de campaña. Al levantarme: «¡Mierda!»… Había perdido las llaves de la Vespa. Busqué, rebusqué, tanteé, inspeccioné y todos los «é» posibles y nada, ni rastro de las llaves. Con toda la resaca mañanera una neurona me ordenó preguntar al jardinero. Éste, casi sin tiempo a asimilar mi petición y ante el estupor de nuestras mermadas mentes, dando una voz digna de un instructor de la Legión preguntó: «Correaaaaaa… ¿No habrás encontrado unas llaves con un llavero del Aleti?». El tal Correa, que se encontraba unas cuantas praderas más abajo, contestó con igual ímpetu: «¡Síiiii…aquí las tengo!»… De puta madre. Les dimos las gracias y viendo que aún nos sobraba tiempo, nos metimos en un lujoso y vetusto hotel de esos que hay por esa señorial zona de Madrid. Arrastrándonos por delante de la recepción como marines en misión especial, llegamos a un ascensor que nos subiría a un piso. Empujamos la primera puerta abierta que resultó ser la habitación de servicio donde rodeados de sabanas, mantas, toallas y bolsas de ropa abrimos una de esas camas plegables cutres que se estilaban mucho en los setenta para seguidamente plegar nuestras orejas hasta que nos dio la gana. Al salir volvimos a pasar por recepción ya no como marines sino como distinguidos clientes despidiéndonos del recepcionista que ni se inmutó. Cogimos la Vespa y, ahora sí, enfilamos la N. II., unas cuantas horas después de la cantada de Abel.
La semana de pasión futbolística tuvo su prolongación unos días más tarde en Brujas donde, cosas del Atleti, no se pudo hacer valer la ventaja conseguida en el electrizante partido de ida que vi acompañado de los briocenses Charli y Morgan, con una remontada épica a dos goles flamencos en una inolvidable noche de Paulo Futre. Otra vez Europa no nos sonreía justamente el año en que más expectativas teníamos todos de hacer algo grande tras haber machacado en octavos al todopoderoso Manchester en otra imperecedera noche de fútbol en el Calderón. En nuestras meninges quedaron impregnados los dos goles de Futre y uno de Manolo que dieron la tranquilidad suficiente para afrontar la vuelta en el teatro de los sueños de donde salimos imbatidos.

Futre aquella temporada jugó monstruosamente de cine
Fue de nuevo el torneo copero el que nos hizo soñar con jugar otra final en junio. Tras haber eliminado al Oviedo, les fastidiamos la gabarra a nuestros papas del Athletic Club. Pero para llegar al gran partido del año deberíamos acabar en semifinales con el «Lendoirotivo» de la Coruña.
Tostamos nuestra piel en las vacaciones pascuales, cómo no, en la costa malagueña donde fuimos testigos del principio del ocaso de la antaño concurrida concentración mod. El círculo se cerraba y lo que había dentro del mismo iba desgastándose. Ya se sabe, la edad no perdona. Aunque el problema, a mi entender, estribaba en que dicho circulo cada vez era más difícil de encontrar y, aun hallándolo, su circunferencia actuaba de muralla china haciéndolo infranqueable a los jóvenes mods. Una lástima, pero es la cruda realidad.
El adviento fue testigo de un trepidante pulso a tres bandas al más puro estilo clásico entre los «trampas» de Madrid y Cataluña y nosotros, como siempre, intentando aguar la fiesta al poder establecido. Llegamos al decisivo partido del Bernabéu tras una racha de diez sin perder, ocho de los cuales los ganamos seguidos y nos colocaban segundos a un punto del Madrid y a otro sobre el Barça. Era, sin duda alguna, el partido del siglo. El partido soñado por todos. Los atléticos no lo podíamos creer: Ganar una liga a costa del Madrid… El vecino no pasaba por el mejor momento tras poner de patitas en la calle al serbio Radomir Antic cuando iban lideres con una ventaja de tres puntos sobre el Barça y consiguiendo desde entonces una sola victoria a domicilio.

Antic cruzaría felizmente la ciudad unos años más tarde
El Frente acudió al derbi con cascos de currelas quizás (subrayo lo de quizás por ser una apreciación mía y sólo mía) queriendo demostrar la pertenencia al equipo que históricamente a representado al proletariado de Madrid. Este comentario no debería hacerlo sin nombrar a la afición del Rayo que a pesar de que su público( es por lo general la gente de edad madura y currante de este populoso barrio obrero del Madrid meridional) tiene en su único fondo una centena de chavales que, bajo el nombre de Brigadas Franjirrojas, ondean banderas de dudosa filiación proletaria. Pero dejemos la apestosa política de lado y volvamos a la fiesta del fútbol, que es lo que nos ocupa.
El bar parecía una cabina de teléfonos de lo chico que se quedó, lleno tanto de madridistas como de atléticos, eso sí, como siempre en armonía y con mucho humor que bastantes dramas hay en la vida para que nos fabriquemos otro de un juego que no deja de ser eso, nada más que un juego. Entre las muchas ventajas de las que disfrutamos los que vivimos en ciudades pequeñas, una de ellas es que nos conocemos «to kiski» y, dando igual del equipo que seas, siempre suele haber buen rollito. Y el bar no era una excepción. Acompañando a la clientela más clásica estaban los chavales de la «Avalancha Calimocho» que no eran otros que los estudiantes que llegaban, los viernes del Instituto y los sábados de casa, al bar a beber dicho mejunje que les preparaba a un precio muy barato hasta las ocho de la tarde, sintiéndome orgulloso, por qué no decirlo, de haber sido el primer bar de Guadalajara en vender calimocho en cantidades industriales. ¡No veas como vendía!…Llegaba al bar a las seis y veinticinco y ya tenía el patio lleno de chavales esperándome. Después colocando toda la barra llena de vasos preguntaba: “¿A ver…¿Quién quiere calimocho?”… Y entonces empezaba el ritual: Primero hielo a todos los vasos, luego vino y antes de empezar a echar la Pepsi decía: “¡Quietos parados!…Hasta que no ponga todos que nadie toque un vaso”. Luego a repartir a la vez que cobraba doscientas pelillas por esta rentable bebida que me hizo ganar mucho, pero que mucho dinero. Al cabo de un par de años o tres el gobierno regional de José «Mono» sacó una ley por la cual a los menores de dieciocho se les prohibía consumir bebidas alcohólicas y así, de la noche a la mañana, me encontré prohibiéndome la venta de calimocho a chicos y chicas de dieciséis y diecisiete años que la semana anterior habían sido clientes míos. ¡Vaya putadón!… Fue el principio del final de aquella época dorada que yo bauticé como «Avalancha Calimocho», en la que al llegar las ocho ya tenía toda la caja hecha y me podía permitir el lujo de cerrar el bar antes e irme con mi Vespa o en el coche de alguien a Madrid de concierto. Fueron los tiempos de «La Revolver», «Aqualung», «Siroco»…noches de rock and roll, desenfreno y cartera llena.

Los derbis en el bar siempre son una fiesta
El partido no pudo empezar mejor. Medio bar se vino abajo cuando en el minuto seis, cómo no, Manolo empujó un balón que le puso Futre tras dejar con el molde a Sanchis. Paulo aquella tarde estaba en estado de gracia y nadie le pudo parar en todo el partido. El empate llegó en una jugada personal de Luis Enrique. Así nos fuimos al descanso, bueno, se fueron ellos, porque nosotros seguimos esperando a que empezase un segundo tiempo en el que hubo de todo. Para empezar, un gol de un jovencísimo Aguilera tras el cual los jugadores colchoneros se dejaron comer inexplicablemente por un hasta entonces equipo madridista casi inexistente que veía como Butragueño conseguía el empate a pase de un tal Maqueda. Fue este jugador, cuando sólo quedaba un cuarto de hora, el que disparó desde fuera del área a ver qué salía y tuvo la maldita suerte de que el balón diese en Schuster lo justo como para desviarlo y dejar vendido al bueno de Abel. Medio bar estuvo a punto de callar al otro medio cuando Luis Enrique sacó de la línea un remate de Juanito. Nuestra alegría se convirtió en amargura y no nos quedó más remedio que encajar con deportividad las típicas chanzas y vaciles de los vikinguillos. Incluso en la capital fueron miles los que acudieron a la Cibeles a celebrar un triunfo que, a pesar de haber ganado el Barcelona al Mallorca, les creía ya campeones cuando sólo quedaban tres jornadas para finalizar la liga. Felices e ignorantes no podían imaginar que les quedaba sufrir el mes más amargo de su ignominiosa historia.
El vía crucis blanco comenzó ese mismo miércoles al ganar el Barça su tan ansiada Copa de Europa a color (sin comentarios) para el fin de semana siguiente ver como tras no pasar del empate en el infierno del Sadar, los culés se les acercaron a un punto y nosotros les teníamos a dos a falta de dos jornadas. Ni Hitchcock hubiera firmado un final tan emocionante.
En la penúltima jornada la volvimos a «cagar»: ¡Este Aleti!…No pudimos ganar en Riazor ante un Dépor que necesitaba lograr una salvación y que al final conseguiría a costa del Betis en la promoción.

En Riazor perdimos la opción de jugarnos la liga en la última jornada
Nos tocaron bien las pelotas los gallegos en aquella liga, birlándonos los dos puntos de Cáceres en aquel partido del exilio y éste de La Coruña cuando nadie daba un duro por ellos. Esos tres puntitos habrían valido una Liga. La venganza a este tocamiento de pelotas la ejecutamos tan sólo unos días después dejándoles con las ganas de jugar su primera final de Copa. Ya estaba bien la cosita. Tan solo un año después del gol de Alfredo, lucharíamos para que ese precioso trozo de latón se quedase por lo menos otros doce meses en las vitrinas que hay encima de la M-30. Para ello tendríamos que doblegar a un Real Madrid que nos recibiría en su deleznable estadio.
Aún quedaban tres semanas para otro partido del siglo. Mientras tanto al Madrid tan solo le bastaba empatar en Tenerife para ganar aquella disputadísima Liga. Mucho se habló de este partido: Que si Valdano, que si Agustín, que si primas, que si tías… El país estaba dividido entre los que pensaban que iba a ser una pachanga y los que apostaban por la honestidad del equipo isleño que, supuestas primas aparte, no se jugaba nada a efectos de clasificación. Aunque todo jugador, aunque sea de parchís, siempre quiere ganar y si además el rival es nada menos que el Madrid jugándose una liga, mejor que mejor. La historia les recordaría con letras más bellas que si perdían. Como os podéis imaginar los que no lo vivisteis, en aquella semana se cruzó un apasionante fuego dialéctico a tres bandas. No era para menos. Hacía muchos años que no se decidía un campeonato en la última jornada teniendo como protagonistas a los dos equipos que más venden en el fútbol patrio. Los puñeteros Peque y Piraña se pasaron toda la semanita cantándome: «¡Ni Valdano, ni Agustín… la liga a Chamartín!»… Incluso se hicieron unas pancartas para el partido.

En Tenerife tuve la oportunidad de darle las gracias a Valdano
Llegó el día. La gente casi se pegaba por coger sitio en el bar. Los madridistas habían traído tracas y la verdad pocos daban un duro por los isleños… ¡Yo sí!… Antes del partido y para caldear el ambiente puse alguna isa canaria y de propina el himno del Barça que fue respondido por un ensordecedor abucheo de algo menos de la mitad de la enfervorizada clientela. Nada más comenzar, Hierro, al igual que todos, no se podía creer el regalito de Agustín trasformando un gol del que se habló mucho. Misteriosamente y ante el estupor de todo el país, que estaba pegado al televisor aquel caluroso domingo de junio, el canterano madridista, cuando transcurría el minuto 24, pide el cambio alegando con gestos teatreros una supuesta lesión. Soy de la opinión de que Jorge Valdano, un caballero del fútbol donde los haya, le hizo desde el banquillo una señal para cambiarle, molesto con el inexplicable gol encajado. Aunque esto es algo que creo nunca sabremos. Cuatro minutos después del cambio, medio bar se viene abajo cuando Hagi, el que a bombo y platillo se vendió como el ‘Maradona de los Cárpatos’, le hacía el segundo gol al veterano Manolo. Tracas y más tracas acompañaron los gritos de una enfervorizada vikingada que se veía campeona. De repente, en el minuto 37, un viejo conocido de la cantera atlética, Quique Estebaranz, nos empezó a quitar ese olor a goleada de escándalo que medio bar temíamos, cuando, recogiendo el balón en el centro del campo, fue narcotizando con su pierna izquierda a todo madridista que se encontró por su camino para posteriormente, desde el borde del área, colocarlo con un zurdazo dentro de la portería de Buyo. Gran parte de los parroquianos salieron a tomar aire fuera del bar en el momento en el que García de Loza daba por finiquitada la primera parte. Tan sólo quedaban 45 minutos para coronar como campeón al equipo que aquella tarde vestía de azul.
El ¡uyyy¡ de medio bar hizo temblar los cimientos del mismo cuando, de nuevo, un Hagi muy peleón estrelló el balón en el larguero de Manolo que algo más tarde prolongó el suspense ganándole un mano a mano al siempre hiper valorado Buitre. El árbitro dio el pistoletazo de salida de la debacle azul anulando un gol a Milla por un inexistente fuera de juego.
Un ¡se masca la tragedia EOE!… ensordecedor acompañó la celebración del sibilino gol que Rocha le endosó a su compañero Buyo. No habíamos terminado de celebrar tan sorprendente tanto, cuando el portero de Betanzos protagonizó una jugada que aquel domingo pasó a formar parte del vocabulario futbolístico: ¡La Buyada! …al intentar evitar un córner provocado absurdamente por Sanchis. Dejó el balón muerto en su área para que Pier, que pasaba por allí, lo empujase a placer celebrando de esta manera no sólo el gol sino también su cumpleaños que, casualidades de la vida, era ese día. Los que no estaban para celebraciones eran los madridistas que tuvieron que devolver a Simago las 160 botellas de cava que llevaban en el avión. Después de haber visto a los otros 19 equipos durante miles de minutos desde arriba, a tan sólo 12 de la llegada a la meta, veían como la liga al igual que aquella canción de Tijeritas, voló del Sur a Cataluña

La liga voló del Sur a Cataluña
Al pitar García de Loza el final nuestro júbilo contrastaba con la decepción de los madridistas que no podían creerse como la carroza se había convertido en calabaza a tan solo doce minutos del final del cuento. Descorché el cava guarro como prometí en los carteles: «Cava guarro a talego y medio o gratis según el resultado, mientras el bar era un clamor cantando con sorna a Ricardo Rocha y Francisco Buyo con el ritmito de samba. Yo, para compensar la tristeza de mi clientela vikinga, dije: «Menos tabaco y dinero coger lo que queráis». Me bajé al bar Relax a tomarme un botellín a la salud de Quique Estebaranz, consiguiendo con ello toda clase de improperios por parte de su dueño, un recalcitrante madridista: “¡Vaya chusma los atléticos! Solo disfrutáis con las desgracias del Madrid”. Lo que no imaginaba el bueno de Goyo era que, en apenas tres semanas, volvería a brindar por otra derrota merengue, pero esta vez el Atleti sí tendría un feliz protagonismo. Al volver al bar los jodidos chavales me habían puesto el himno del Madrid. Entré en la barra, saqué la cinta tirándola con fuerza al cubo de la basura ante el jolgorio de madridistas, atléticos y los pocos culés allí presentes.
Guadalajara, al ser una ciudad cercana al pueblo más grande de su provincia; Madrid, y quizás, quién sabe, debido a la lejanía con el Catalufo, los culés por estos lares no se prodigan mucho en las celebraciones de sus triunfos. Así que aquella noche de domingo sólo se veían atléticos por la city, celebrando como Pier cambió de bando las chanzas y vaciles que tuvimos que aguantar tres semanas atrás cuando Maqueda nos jodió con aquel maldito gol en el derbi. El fin de fiesta lo celebramos dándonos un baño en pelota viva, ya de madrugada, en una piscina pública de postín mientras soñábamos despiertos en reanudar la farra 20 días más tarde en la final. Antes, el martes, tuve que sacar a pasear todas mis dotes diplomáticas en la puerta del bar donde estaban esperando a que abriera el sector más duro del vecindario acompañados de una pareja de policías locales, dispuestos a cerrármelo por la pasada juerguecita dominical. Ya con el paso de los años como son, por lo general, buena gente, suelen levantar la mano siempre que hay alguna celebración futbolera.
Próximo capítulo: FINAL DE COPA 92, ALEGRIA A DOMICILIO. Pincha abajo si quieres leerlo.
CINCO FINALES Y UNA LIGA( Cap 16) FINAL DE COPA 92, ALEGRIA A DOMICILIO.
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