La discotaberna

CINCO FINALES Y UNA LIGA (Capítulo10) MUNDIAL ITALIA 90

MUNDIAL ITALIA 90

Una vez finalizado el campeonato liguero la primavera dio paso al verano y con el mismo llegaba el mundial de Italia’90, un mundial que se me presentaba interesantísimo desde la atalaya de mi barra, en lo que sería mi primero como camarero. Pero de repente todo dio un giro inesperado cuando mi buen amigo Alejandro llegó al bar a la hora del vermut, después de vender sus cupones, es vendedor de la Once, ofreciéndome irnos al Mundial. En mi calabaza saltaron al momento varios pensamientos simultáneamente: Fútbol, fiesta, Italia, viaje, risas…por lo que no dudé y acepté.

Saldríamos el 27 de junio para estar en Florencia tres días más tarde y presenciar el partido de cuartos de final entre España y Argentina. Maradona nos esperaba. Pero claro, antes había que eliminar a una Yugoslavia con un equipo supuestamente inferior. La tarea a priori no parecía muy complicada para los Zubizarreta, Sanchis, Chendo, Butragueño, Salinas, Martín Vázquez y…Michel. Sí, tuvo que ser él, Michel, quien nos dejara mudos a Alejandro y a mí en el sofá de mi casa, en uno de los pocos partidos que he visto desde esa posición, ajeno al ambiente de fútbol que se respira en los bares, cuando incomprensiblemente en la prórroga, a la cual se llegó después de que Salinas marcase el uno a uno cuando tan sólo quedaban 8 minutos para el final, se le ocurrió quitar la cara defendiendo una falta en el poste de la barrera dejando vendido a un Zubizarreta que nada pudo hacer para detener el zapatazo del tal Stojkovic. Todo un país maldiciendo a un niñato millonario que no tuvo otra ocurrencia que quitar la misma carita con la que hacía los anuncios para la televisión. Porque se puede fallar, pero apartarse para que un balón no haga pupita, era excesivo. A mí, particularmente, la selección española, y más concretamente ésta, plagada de madridistas, me importa un bledo, es más, si por mi fuera, que España llegase a todas las finales y las perdiese en los penaltis a ser posible contra Italia o Francia, que parece que jode más. Nunca he entendido por qué, pero jode más a la gente el perder con estos adorables vecinos que contra los países bárbaros del norte o la Pérfida Albión. Yo, particularmente y sin ánimo de ofender a nadie, prefiero un Carranza del Atléti a un mundial de la selección del país donde el 70% de la población es madridista, con lo cuales no quiero celebrar ningún triunfo futbolístico. Vamos, que no me veo abrazado a ninguno de ellos si el jugador madridista de las orejas grandes le marca un gol a Italia cuando están colocando la barrera en una falta. Por esto y por aquellos pensamientos que vinieron a mi cabeza como antes comenté, no hice efectiva la cláusula del contrato con la agencia de viajes por la cual podríamos haber anulado el mismo recibiendo nada menos que el 80% del importe abonado. A fin de cuentas, Diego Armando aún nos esperaba.

Y allí estábamos, Alejandro y yo, en Cuatro Caminos esperando el autobús de «Julia Tours» con dos camisetas de la selección, de las de licra de toda la vida. Nada de productos oficiales y sobre todo muy baratas, quinientas pelillas más ciento cincuenta del escudo, una pequeña bolsa de equipaje (no íbamos de boda) colgada y, sobre todo, buen «material» que en Italia para quemar, lo que se dice quemar de calidad, sólo tienen el jamón ahumado de Parma, eso sí, muy bueno, por cierto. Cuando vimos el autobús alucinamos. ¡Pedazo autopulman!… como dicen los italianos… de esos de dos pisos en los que el conductor parece que está en una conserjería. También alucinamos con la poca gente que había, unos veinte, así que después de saludar a todo el mundo cantando, tomamos posesión de nuestra suite ambulante, arriba y en la parte de atrás como siempre, en la cual, la mezcolanza de los efluvios del THC y de queso de los números 45 y 44 dieron a la misma un estatus de privacidad que dedujimos entraría en el precio del billete.

El pasaje del autobús era variopinto y exceptuando al hijo y al sobrino de un árbitro de Primera División, muy cachondo, por cierto, nosotros éramos los más jóvenes. Uno de nuestros compañeros de viaje era empresario vinícola pucelano entrado en años que cada vez que quería fiesta se separaba de su encantadora esposa y subía a nuestra suite móvil a cantar, reírse y de vez en cuando probar nuestro «jamón de Chauen». Otro de los pasajeros era un rijosillo empresario gallego con residencia en Australia, el cual no se perdía ningún mundial y cuando tenía la oportunidad tiraba de billetera y no hacía más que invitarnos. El más peculiar de todos era un bilbaíno, grandote él, con barba, de unos cuarenta años, que estaba solo y que no hacía más que quejarse y despotricar por todo, hablando en alto para sí mismo. Nosotros cada vez que habría la boca para gruñir le cantábamos: “Uría vasca la Uría…”. En una ocasión por problemas de entradas para un partido, ya que estas no entraban con el viaje, se volvió mientras cantábamos y haciendo un inciso en una de sus peroratas nos dijo que nos daba todo igual porque éramos unos «ultras» y nos había pagado el viaje Jesús Gil. Nosotros tirados de la risa empezamos a cantarle al árbitro: “¡Cabrón, te vamos a matar!”.  Ni Berlanga hubiera filmado una escena tan graciosa.

El temor que teníamos a que el viaje fuese insoportable por lo largo se disipó a medida que se iban recorriendo los kilómetros en nuestra suite móvil, en donde si no íbamos durmiendo a pierna suelta, estábamos enredando de una u otra manera. Y así, cerveza tras cerveza, mariano tras mariano, y risas tras risas, nos plantamos en Florencia. El destino quiso que de nuevo me reencontrase con la bellísima ciudad de los Médicis, un año después.

Nada más llegar e instalarnos en un hotel, fuimos a por los ‘biglietos’ al estadio y al llegar al mismo, los reventas nos abordaron. Tantas ganas tenían de deshacerse de las entradas que te las ofrecían por algo menos de la mitad de su precio porque en ese mundial si hubo unos perdedores, aparte claro de la selección italiana, esos fueron los reventas. Que se jodan, porque esta gentuza es el resumen de una lacra que corroe a la sociedad esta de mercado en que vivimos llamada especulación. Sin embargo a nosotros la jugada nos salió redonda ya que se las cambiamos a un fulano por un poquito de turrón marroquí.

Argentina venía de ganar nada menos que a la Brasil de los Careca, Alemao, Branco o Valdo por un exiguo 1-0, gol conseguido por el romanista Caniggia que no tuvo piedad de su compañero Taffarel cuando el partido se dirigía irremediablemente a lo que sería la tónica de este ya soso Mundial: La prórroga.

   Alejandro y yo sobre el Arno, Florencia, en una de las pocas fotos que se salvó de nuestra catastrófica debacle fotográfica (Nunca te fíes de una cámara de ‘J. B’)

En la primera fase la selección albiceleste había defraudado, consiguiendo sólo una victoria más que dudosa ante la U.R.S.S. con paradón de lo que se dio en llamar «La otra mano de Dios», al dar «El Pelusa» un manotazo al balón que vio todo el mundo excepto el árbitro sueco de turno. A propósito de ello, famosa fue la frase que pronunció el técnico brasileño Lazzaroni: «Que jugador tan versátil es Maradona. Puede hacer goles con la mano izquierda y detenerlos con la derecha». Con estos antecedentes se nos presentaba un Argentina-Yugoslavia interesantísimo. ¡Qué nervios! . Íbamos a ver en directo nada menos que a «Barrilete Cósmico».

Después de comer, para mitigar el calor que mejor que darnos un baño en la animadísima piscina municipal atestada de bulliciosos seguidores yugoslavos. Fue a partir de ese momento cuando empezamos a disfrutar de la maravillosa torre de Babel futbolística que supone un mundial.

Ya en las inmediaciones del estadio y a pesar de la ley seca que imperaba desde cuatro horas antes de cada partido, ataviados con nuestras camisetas de la selección y con la birra freda en la mano, la cual conseguimos fácilmente al pronunciar la frase que nos cambiaba el bote de cerveza  ‘analcohólico’ por el ‘alcohólico’: “Eh, noi siamo espagnolos no englese”, que acompañábamos de una leve sonrisa, la cual era respondida al instante con otra y un guiño…¡Qué maravilloso país el italiano! …Tan parecido al nuestro y donde algunas leyes son pero que muy flexibles. Los tragos de cerveza era lo único que interrumpían  nuestros cánticos de ¡España. Oe, oe, oe!, que, aunque no viniera a cuento, eran secundadas por algún español que otro. El único que nos llamó la atención invitándonos a callar fue el tal «Manolo el del bombo»: Aquí el único que canta soy yo, nos vino a decir más o menos. Nuestra respuesta fue inmediata en forma de más cánticos, ahora con los decibelios no aptos para una medición de ruidos. Aún quería el tipejo éste que le comprásemos una cinta para ayudar a costearse los gastos de un viaje que nadie le había pagado. ¡Anda ya! …Ni que fuésemos una ONG. Que nosotros, en contra de la opinión de ‘Uría vasca la Uría’, tampoco íbamos subvencionados por Jesús Gil.

A pesar de la prohibición no nos costaba mucho conseguir las ‘Peroni’. Foto tomada en la Costa Amalfitana.

       Nuestra ubicación en un Comunale semilleno era la curva donde estaba la barra argentina cantando: «¡Diegooo, Diegooo, Diegooo!»  una y otra vez. O aquella compuesta para la ocasión, imagino, por alguna cabecita de San Lorenzo (es la barra más imaginativa y de la cual salen la mayoría de los cánticos con los que las aficiones alientan a sus equipos no sólo en Argentina sino incluso en España): “Vamos, dale Diego, dale diego ale, que ‘vamo’ a salir campeones como en el 86”.  Nosotros allí con ellos, alentando y cantando por Argentina. Aunque la barra de «brava» tenía poco y era un ambiente un poco pijotero, claro: Cómo narices de Bilardo iban a poder pagarse un currante un viaje a Italia desde una Argentina sumida en su enésima crisis económica. La prueba a estas reflexiones nos fue corroborada en el descanso, cuando desde dos filas más abajo, un pijo con la cara pintada albiceleste nos abroncó a voces: “Chee haseer el favor de dejar de fumar esa mierda, que estáis englobillando a toda la popular”. Lo peor fue que la bronca la secundaron unos cuantos. ¿Con que esas tenemos?…  Pues ahora aquí y en medio de la brava argentinopija vamos a alentar a Yugoslavia. Y así fue como nos cambiamos de chaqueta y tifamos por los balcánicos.

El partido, siguiendo la tónica del Mundial fue malo, tirando a muy malo. De esos partidos en los que la tensión te hace olvidar la falta de calidad. Cero a cero y a los penaltis. ¡Qué suerte! …La portería elegida era la de nuestra curva.

Abre la tanda Argentina marcando. Seguidamente le toca el turno al jodido Stoykovic, el que nos mandó a casita sin pasar por la casilla de salida y sin cobrar las 20.000 pesetas. La tira por el centro y… empieza la leyenda. Ataja el vasco Goicoechea, el suplente de Pumpido que se rompió contra Brasil. Le toca el turno al Dios zurdo. Toda la curva excepto nosotros: ‘Vamos Diegool’… Coloca la pelota en el punto y, sin mirar al portero, el mismo que meses antes le había parado un penalti defendiendo la portería del Sporting de Lisboa en una eliminatoria de la UEFA, patea suavemente por el centro y de nuevo se la para Lukovic. Diego se va desolado hacia el centro y al cruzarse con el Vasco, éste le dice esa frase que ha pasado a los anales de la intrahistoria de los mundiales: «¡Tranquilo Diego, que voy atajar dos!». Pero el turno de la tranquilidad no llegó, ya que no sólo no le paró el penalti a Savicevic, sino que Pedrito Trogglio erró el suyo. El vasco pararía los dos restantes, uno por el centro y el último por su izquierda, ante la cara de desolación que se le quedó a Hadzibegic, con las rodillas hincadas en el suelo. Argentina volvía a Nápoles: Italia les esperaba en una semifinal de la cual se han escrito Amazonas y Misisipis de tinta.

La expedición de Julia Tours enfiló carretera y como Argentina, se dirigió hacia Nápoles. Que hostias Nápoles: Nos mandaron a un pueblo perdido de la Campania a unos 70 kilómetros del estadio San Paolo. Ya a estas alturas, el pasaje del bus estaba a punto de la rebelión, con el detalle de que el cabeza de turco escogido para vaciar todas las iras era el guía del mismo, un pijo muy salado llamado Xavi que solo nos tenia a nosotros como aliados, ya que sobresalían nuestras risas y constante buen humor ante tanta protesta cada vez más subidas de tono. Dicha amistad nos llevó a conseguir las entradas del Inglaterra-Camerún, del Italia-Argentina y del tercer y cuarto puesto secretamente, mientras el susodicho Xavi, tipo que además odiaba el fútbol, nos decía: “Tomad y que se jodan estos paletos, que hagan cola, que me tienen hasta los huevos. La próxima vez que me manden llevar a un autobús de futboleros me parece que voluntariamente me voy al paro”. La verdad que no sé para qué le mandaron al pobre, ya que cada vez que cogía el micrófono para contarnos las excelencias que el país trasalpino ponía ante nosotros, era respondido por quejas tipo: “¡Vete a la mierda y cállate de una puta vez que nosotros no hemos venido a ver los monumentos de los cojones y consíguenos entradas!”… ¡Joder con los empresarios! Sobra decir que se suspendieron todas las excursiones adicionales que había organizadas. Como ya podréis imaginaros, el que más protestaba era, cómo no, nuestro entrañable ‘Uría vasca la Uría’.

En el viaje era habitual despertarnos por el telefonillo. Aquel domingo 1 de julio, como siempre, bajamos al hall del hotel cantando. Allí toda la expedición nos esperaba con las maletas de buen rollo, ya que caíamos bien a todo el mundo y se reían con nosotros, exceptuando, cómo no, a Uría vasca la Uría, que desde por la mañana ya estaba gruñendo. El pobre Xavi estuvo toda la mañana haciendo gestiones y consiguió un hotel en la bella localidad costera de Sorrento, ya muy cercana a Nápoles.

Por la tarde la vista del estadio San Paolo se nos presentaba imponente, cuando de repente, un ensordecedor ruido de sirenas nos anunciaba que llegaban los hooligans. Yo no he visto nada igual. Parecían ganado, auténtico ganado, sin camisetas, hacinados en los autobuses, algunos de ellos literalmente colgados con medio cuerpo asomado por las ventanillas, dando golpes a la chapa del autobús y berreando. ¡Vaya espectáculo más sórdido!… Daba la impresión de que venían todos de las discotecas del Rincón de Loix de Benidorm, ante la alucinada mirada de las tranquilas gentes napolitanas. Nos agenciamos una bandera de Camerún y envolviéndonos en ella entramos en un casi lleno estadio de San Paolo, el mismo que apenas dos meses antes había sido feliz testigo de la consecución de su segundo ‘scudetto’ en su longeva historia.

Joder, vaya pedazo entradas más guapas que nos había agenciado el pijo de Xavi en la grada lateral baja, justamente a la derecha del ganado guiri que se pasó todo el partido berreando. La verdad es que no distinguimos si iban alumbrados o no aunque, si no fuera el caso, los tíos se merecerían un Oscar a la mejor interpretación pues daba la impresión de que se habían puesto más chuzos que Noé antes de desnudarse delante de sus hijos, dato bíblico que demuestra que uno también tiene su culturilla religiosa.

El partido fue, con mucho, el más bonito de todo el campeonato ante un San Paolo que se moría de ganas por ver al pedazo negro que con 38 años fue la sensación del Mundial: Roger Milla, el cual venía de vacunarle dos goles nada menos que al colombiano Higuita. Pero tuvimos que esperar al segundo tiempo.

Se llegó al descanso con un 1-0 a favor de Inglaterra, para regocijo de sus hooligans, que vieron como en el minuto 25, cuando más agobiada estaba su selección, ésta monto un magistral contragolpe por nuestra banda, sí, sí, la de Alejandro y la mía, conducido por un velocísimo Stuart Pearce que culminó con un cabezazo David Platt, poniendo tierra de por medio con los leones indomables. Aunque las comparaciones son odiosas, en muchos aspectos de la vida, cuando te metes en un campo de fútbol ya desde que entras empiezas a hacerlo: Comparas las aficiones, comparas el estadio con otros y sobre todo comparas, cómo no, a jugadores de un equipo con los rivales porque es ahí donde reside la auténtica comparación del fútbol, la que tiene la culpa, en muchos de los casos, de que el partido se decante hacia un equipo u otro. Aquella tarde todos queríamos ver en el mismo terreno de juego a dos de los cracs de aquel Mundial: Lineker y Milla.

El duelo lo desestabilizó el talludito camerunés cuando, dos minutos después de que el nueve rival disparase por encima de la portería de N´Kono, se adentró en el área inglesa para provocar un penalti que transformó ante un público enloquecido que, exceptuando lógicamente a los 5.000 ingleses, estábamos alentando descaradamente a Camerún. Sólo tres minutos más tarde, San Paolo se pintó la cara de negro cuando, de nuevo Milla, en una jugada genial, se fue con el balón soldado a su bota nada menos que de Gascoine, Wright y Plat, para que, segundos después el mítico Peter Shilton, el burlado por la mano de Dios,  lo sacase de su portería.

Camerún estaba al ángulo recto que forman las dos manecillas del reloj de meterse en semifinales. Pero de nuevo apareció Lineker, que transformó un penalti cometido absurdamente sobre él para llevar el partido a la prórroga, en la cual, cómo no, otra vez el súper crack inglés fue derribado en el área de N´Kono para conseguir un más que merecido gol al transformar la fatídica falta del cara a cara entre portero y delantero, la falta del tu o yo, del yo o tú.

Inglaterra se metía en semifinales y rozaba el sueño de vengar la afrenta que recibió por parte de Maradona cuatro años atrás. Eso sí, con permiso de Alemania y de Italia. Camerún se iba para casa pero antes se permitió el lujo de dar una vuelta de honor ante un agradecido estadio, incluido ingleses, que premiaban así al equipo que hizo vibrar a todos los aficionados al fútbol. Sobra decir que aquella bandera de Camerún ha estado años puesta en un lugar de honor del techo de mi bar.

Dejamos San Paolo rápidamente para no rozarnos con los salvajes de los ingleses porque esa gente cuanto más lejos mejor. Aunque nuestro gozo se quedó en un pozo cuando tuvimos que sufrir a unos cuantos en nuestro hotel de Sorrento. Os juro que esa noche estuve a punto de tirarle a uno un tiesto desde mi habitación, como si fuera «El Ernesto» de la canción de Los Nikis. Pero, gracias a Dios, me entró el juicio y no lo hice, que si no hubiera acabado en el furgón de los carabineros acompañando a los albiones cuando se los llevaron a comisaría después de destrozar algún que otro cristal. Que tíos… y eso que habían ganado.

 La bandera de Camerún, ocupando un lugar de honor como homenaje a la selección que encandilo al mundo futbolístico

Los dos siguientes días los pasamos tranquilamente recorriendo la maravillosa Costa Amalfitana en una Vespa alquilada. El grueso de la expedición se fue en avión a Turín para ver el Alemania-Inglaterra, partido para el cual, si tenían aseguradas las entradas. Afortunados nosotros, esperábamos con las nuestras en el bolsillo de playa en playa tomando el sol y cerveza Peroni a que llegase el gran día del Mundial: Diego contra Italia o lo que es lo mismo, contra el mundo.

Volvimos a un San Paolo, donde no había ni un solo asiento libre. Los nuestros justamente en la curva donde estaban situados los tifosi más pasionales de un Nápoles Campeón del scudetto, un Nápoles odiado en el resto de la Italia futbolística norteña, en donde eran insultados cuando viajaban allí con pancartas tipo: «¡Bienvenidos a Italia, africanos!, ¡Terroni!, ¡Cabecitas negras!, ¡Vesubio contamos contigo!», mientras cantaban: «¡Nápoles mierda, Nápoles cólera, eres la vergüenza de toda Italia!»

Aquella semifinal se envenenó de manera exagerada. La prensa del norte puso en duda el patriotismo de un despreciado pueblo napolitano que, justo seis años atrás, había llenado San Paolo para ver la presentación de su ídolo con 80.000 almas que veían en él un vehículo para sublevarse contra un norte industrial que despreciaba sin rubor a una Italia meridional muy deprimida y abocada a la emigración. Ese mismo Norte no encajó muy bien la derrota ante un Nápoles al que consideraban como a un perro que mordió dos ‘scudetos’ en la mano que les daba de comer.

La prensa intentó poner a la ciudad en contra de Argentina con titulares tan fuertes como: «¡Maradona une a Nápoles y divide a Italia!», ¡Ahora, Italia contra Maradona!, ¡Diego, nos vemos en tu casa!»…La respuesta del astro dio la vuelta al mundo al declarar: “Piden a Nápoles que sea italiano por un día, cuando el resto del año les desprecian e ignoran sin considerarles italianos. ¿Van a alentar a los que les consideran extranjeros en su país o me van a apoyar a mí que soy uno de ustedes?”.

Con todos estos antecedentes, en San Paolo se podían leer pancartas como: «Maradona, Nápoli ti ama ma Italia e la nostra patria» o «Diego en los corazones, Italia en los cánticos».

La verdad es que el ambiente era extraño, más que extraño diría que algo trágico, ya que al empezar con los himnos pudimos observar cómo, al contrario de lo ocurrido en Florencia y Milán, el público respetó al argentino y si alguien hacía amago de silbar era abroncado por el resto.

 El estadio de S. Paolo vivió en apenas dos meses la gloria de un Napoli campeón y la desdicha de una ‘Azurra’ eliminada por la albiceleste de su amado Diego

El partido no fue una maravilla si no que, al contrario, pesó más la tensión que el buen fútbol. Aunque San Paolo se vino abajo en el minuto 17 cuando el héroe de Italia ‘Schillaci’ -Toto gol- batió al vasco, lo mismo que enmudecía cuando, en el 22´ de la segunda parte, el romanista Caniggia le vacunó un gol en una mala salida al hasta entonces imbatido Walter Zenga, que estuvo nada menos que casi seis partidos sin recoger la pelota de su red.

El encuentro fue a la prórroga, la eterna prórroga, en la que aquel árbitro de tan nefasto recuerdo para los atléticos, el tal Vautrot, seguro que pensando en los jóvenes efebos que la FIFA había puesto a su disposición, alargó nada menos que ocho minutos la primera parte de la misma.

La semifinal se decidió desde el punto del tu o yo, el mejor portero del mundial contra el más inspirado en los penaltis. La balanza se decantó por el vasco Goicochea que paró dos penaltis. El primero a Donanoni por la izquierda y después, por el mismo lado, a Serena, tras haber transformado Maradona su penalti ante un San Paolo que, al contrario de lo que se escribiría después, aplaudió tímidamente, pero que muy tímidamente, al «Barrilete Cósmico’. Cuenta la leyenda que el vasco antes de dirigirse a defender la portería, en estos dos penaltis, se hizo rodear de sus compañeros y agachado se meo en el centro del campo.

El panorama a nuestro alrededor era desolador. El pasional público napolitano se lamentaba e incluso lloraba a lagrimón vivo la eliminación de su Italia. Ya sólo les quedaba eso, que encima les echasen la culpa de su derrota. Fue a partir de ese partido cuando la magia de Maradona, y con él la del Nápoli, empezó a romperse. Fue como el principio del fin de un bello cuento de hadas  único en la historia del fútbol.

La otra semifinal parecía que no se jugaba. Nápoles estaba triste y en los Tabachi ni tan siquiera los televisores se encendieron. A nadie le importaba. Tan sólo tres o cuatro horas después de la tragedia, Alemania se proclamó finalista… ¡Cómo no, de nuevo a los penaltis!…destruyendo tan ansiada revancha inglesa-Argentina.

Cuatro días más tarde nos plantamos en un recién estrenado San Nicola de Bari para ver el partido por el tercer puesto que tuvo cierto tufillo a amaño. Aunque la verdad, en el 80% de los casos, este partido para proclamar al mejor de los perdedores no se tendría que celebrar. Éste, por supuesto, si se celebró. El estadio no estaba ni mucho menos lleno, aunque sí sobrado de viento. Parecía aquello Cádiz en una de esas infernales visitas del Levante a la «tacita de plata».

Al partido se le acabó la historia casi al final del primer tiempo cuándo, cómo no, ‘»Toto-gol’» hizo el definitivo 2-1. Era en teoría lo pactado: Italia ganaba el tercer puesto y la Pérfida Albión conseguía el recién estrenado torneo del fair play.

La final se presentaba como la venganza alemana contra la Argentina, que cuatro años atrás privo a los bárbaros de llevarse la copa dorada que tiene como boina un balón de fútbol. Joder, le tenía manía todo el mundo al Narigón Bilardo y a sus muchachos: Los guiris, los tanos e incluso, aunque parezca mentira, nosotros, desde aquel incidente en Florencia con la barra pija, traicionando, eso sí, nuestros principios latinos.

A mí, a decir verdad, el rollo de los países con sus banderitas, himnos, escudos y demás soplapoyeces nacionales me la trae  al pairo. Pero sí he de elegir entre dos selecciones me tiran más nuestros vecinos latinos  Portugal, Francia y sobre todo Italia o en defecto de éstos, los de Latinoamérica antes que, por supuesto, cualquier bárbaro, entendiéndose por «bárbaros» a aquellos países cuya parla no tiene nada que ver con la de Virgilio y que además no contemplan en su vocabulario la palabra «siesta», careciendo del elixir mágico que nos une a todos: El vino.

Los pueblos con el sello de la Romanización me traen más simpatía que los bárbaros

Nos dirigimos al Olímpico sin entradas mientras seguíamos con nuestro vacile: «Europa oe, oe, oe’», más que nada por tocar los huevos a los pijos argentinos. Intentamos comprarlas a un precio razonable a los indeseables de los reventas e incluso esperamos casi hasta el principio del partido por si bajaban cuando, hartos de gitanear con esa gentuza, decidimos pasar de la final y gastarnos las liras en birra mientras veíamos el encuentro en una pantalla gigante. Visto lo visto que suerte tuvimos porque vaya petardo de final. Además pudimos entrar en el Olímpico en las postrimerías del encuentro y ver coma Mattaus recogía la Copa ante unos seguidores bárbaros que, a decir verdad, quizás debido a la ley seca a la que les habían sometido las autoridades tanas, no estaban muy desparramados.

La final, aparte de por el penalti que se pitó y que no tuvo la pinta de existir más que en la cabeza del árbitro, pasó a la historia por la cantidad de veces que Diego dijo «hijos de puta» en el barrido que las cámaras hicieron al combinado albiceleste mientras el público italiano silbaba su himno.

Esto se acababa y la última noche nos fuimos con el árbitro de fiesta de fin de viaje por los atestados garitos de Lloret de Mar. Después de tanto fútbol no venía mal un poco de Sodoma y Gomorra. Nos despedimos de nuestros compañeros de autobús en una desierta Zaragoza para dirigir nuestros cuerpos, todavía deseosos de fiesta, a una Pamplona envuelta en la vorágine de sus San Fermínes. Dimos el adiós a unos días estupendos en un maravilloso país en compañía de una gente que nos cogió un cariño mayúsculo. Unos días en los que pude disfrutar casi exclusivamente de la amistad y jovialidad de mi compañero de viaje Alejandro, días en los que conocimos a mucha gente, casi toda con una afición común, el fútbol, disfrutando con ellos de un «estate a la italiana», por cierto, la más bella canción jamás compuesta para un mundial.

 

Próximo capítulo: HISTORIAS DE BARRA. Pincha en el enlace si quieres leerlo.

CINCO FINALES Y UNA LIGA (Capítulo11) HISTORIAS DE BARRA

 

PINCHA  ABAJO SI QUIERES LEER  EL LIBRO DESDE EL PRINCIPIO Y NAVEGAR COMODAMENTE POR SU INDICE.

CINCO FINALES Y UNA LIGA: INDICE DE CAPITULOS INTERACTIVO

 

 

 

 

 

La Discotaberna - Guadalajara
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.