2- UN VERANO INOLVIDABLE
El verano fue pasando y lo disfruté a tope, si no el mejor, sí de los mejores que he vivido. Lo recuerdo con mucha añoranza porque fue además el último verano que pasé de socorrista, vamos, como si acabase una época o etapa en mi vida. Después de la final fui por primera vez a San Fermín. Ese fin de semana en Brihuega seis de cada siete jóvenes se van a Pamplona por lo que se queda el pueblo vacío y yo no iba a ser menos. Así que otro par de días a echar mano del bombero y a Iruña. Posteriormente volvería a ir otros tres años seguidos.
Ese verano además dejé de beber alcohol heavy. Y es que todos los días al salir de la piscina nos juntábamos en la cafeta. Poníamos cada uno 200 o 300 pts., Marión habría el supermercado que estaba al lado, se pillaba unas botijas de agua de fuego Segoviano, unas fantas de dos litros, unos hielos y toda la peña nos bajábamos a Santa María. Y allí rodeados de un entorno inmejorable, ciertamente es precioso, nos poníamos de trócolos y wiski más ciegos que el «Estivi guonder» jugando a la gallinita ciega. Un día sí y otro también hasta que me dije: “Chema, o cortas o acabas alcoholizado perdido y con el hígado más hinchado que una zodiac de la Cruz Roja del mar”. Y no era cuestión con 21 añitos. La verdad es que estaba bueno el jodido DYC. Desde ese momento ni olerlo. Y así fue como empezó mi amor por la cerveza, un amor que perdura año tras año, centímetro de barriga a centímetro de barriga, siendo fiel el uno a la otra y la otra al uno…que «potito».
Tuve la suerte de caer en gracia en el pueblo. Me llevaba bien con casi todo el mundo. Ya sabéis, siempre tiene que haber algún roce, pero fueron los menos. Mi jornada laboral empezaba a las 10.30h de la mañana para dar los cursillos de natación. No necesitaba ni despertador. A las 10.20 todos los días me iban a buscar los alumnos a casa ya que les pillaba camino de la piscina. Llamaban al portero automático: “Chema baja, que ya es la hora” …les tenía muy bien enseñados.
Una noche nos fuimos a las fiestas de Molina y llegué justo a la hora de los cursillos. Les mandé como siempre correr para hacer el calentamiento, me senté en la silla con las gafas de sol puestas y me quedé más frito que una croqueta, hasta que oí a uno de los alumnos: ¿Chema, seguimos corriendo?. Pobres criaturas. Llevaban corriendo 25min. Pero lo cierto es que todos aprendieron a nadar.
Por la tarde tenía otros cursillos. Estos me los pagaba la asociación de padres de alumnos. Habría unos 60 niños y como yo sólo no podía hacerme con todos, tenía mis ayudantes que eran jóvenes del pueblo a los que coordinaba. ¡Qué descojone!. Yo ejerciendo de jefe de estudios o algo parecido. Mi mano derecha era mi amigo Morgan, el DJ de una de las discotecas. Nos lo pasábamos de vicio. Al principio de las clases, cuando poníamos a los 60 niños a hacer gimnasia, en lugar de decir el típico: «Y uno, y dos, y tres, y cuatro»…les hacíamos decir «FORZA ATLETI, OE, OE, OE» a todos a la vez. Vaya cuadro. No veas la de atléticos que hicimos ese verano.
Después de salir de la piscina me iba a la cafetería y de allí a la fiesta de algún pueblo o a bailar a la discoteca, siempre con mi vespa «160 Electrónic» o en el coche del «Golondrino», butanero del pueblo. Lo que nunca me entró en la cabeza era como podía tener fuerza para repartir el butano al día siguiente por todo el pueblo. Y casi todas las casas sin ascensor. Un fenómeno Juanito.

Morgan (Groucho) y yo (Tomatito de Antequera) en los carnavales del 95

Juanito «Golondrino» con su mujer Marta y su cuñado David
Una mañana a las nueve, después de haber estado toda la noche de fiesta en Yélamos de Arriba, llegamos a Brihuega y nos pasamos un buen rato bailando claque por todo el pueblo «Golon» , «Gerrillero», «Morgan» y yo. Algo más tarde me subí en el autobús de línea, con gente esperando para seguir hacia Trillo y Cifuentes, mientras el conductor tomaba el café de costumbre, haciendo parda de quince minutos en Brihuega. Me senté en el asiento de éste, me puse al volante, gire la cabeza y dije en voz alta: ¿Dónde queréis que os lleve de fiesta, queridos amiguitos?. No veas como chillaban. Todos los puretos se pusieron como los campistas de viernes trece. Total, por una broma.
La verdad, aquel verano fue la hostia, siendo lo mejor de todo la cantidad de amigos que hice y que aún mantengo, muchos ya casados y con hijos. Cada vez que me preguntan: ¿Tu Chema cuando te casas?, siempre respondo lo mismo: “Cuando el Atleti gane la Copa de Europa» ,que es como decir cuando los cuervos bailen la Lambada.
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En la puerta de la Cafeta de Brihuega subidos en «La Luci»: ‘Cacharrero’, ‘Maca’, ‘Peseta’ y yo. (verano 87)
Mi relación con Brihuega fue casi perfecta. El casi que falta fue culpa mía, ya que hice algo que quizás sea de las pocas cosas de las que verdaderamente me he arrepentido a lo largo de mi vida, vamos algo que, si pudiese, borraría.
Ocurrió cuatro o cinco años después, en las fiestas de verano. En Brihuega son muy fiesteros y tienen a lo largo del año tres fiestas: Estas, las de otoño y las de primavera, todas ellas con encierros, bailes, peñas y por supuesto cantidad de marcha.
Nos encontrábamos por la mañana en la plaza del coso o Ayuntamiento como a eso de las diez, después de haber estado toda la noche de baile y peñas. Sentados en las escaleras centrales de la plaza debajo de la impresionante farola de cuatro brazos que preside la misma. Recuerdo que yo estaba dándole la brasa a unos chavalillos que no paraban de hacerse petardos: Que si vaya juventud, que si yo a esas horas a sus años estaba en la piscina calentando para la competición de natación, que si tal y pascual… en dos palabras, como ya he dicho antes, la brasa. Les tenía ya a los pobres chavales la cabeza como al Naranjito con paperas. De repente, oí debajo del Ayuntamiento como la banda de música empezó a tocar «El parapachumba», pasodoble autóctono de Brihuega. Al lado de los músicos estaban los cabezudos, con sus atizadores de tela para pegar a la chiquillería y los gigantes parados con sus más de cuatro metros. De repente, en una fracción de segundo, esa fracción de segundo que más me hubiera valido no experimentar, se me cruzaron literalmente los cables del cerebro y me dije: ¡Chema, voy a coger un gigante!. Salí corriendo a por el rey, metiéndome dentro de él ante la atónita mirada de toda la plaza. Me vi encerrado entre las ropas del monarca gigante y de los listones que le dan forma. Intenté subirlo y como podéis imaginar, lo lógico ocurrió: El rey visto desde fuera se levantó, se inclinó hacia un lado y cayó a plomo. Tuve la suerte de no caer hacia el lado de la reina porque si no la tragedia hubiera sido el doble o el triple de escandalosa a causa del efecto dominó. También tuve fortuna, si se puede utilizar esa expresión, de no partirme ningún hueso, pero he de confesar que en el momento en el que el gigante y yo nos íbamos al suelo, pasé mucho miedo y temí sobre todo por mí ya roto tabique nasal. Luego, como es de imaginar, un silencio sepulcral se hizo en el coso. Hasta la banda dejó de tocar «El parapachumba». Salí como pude de las entrañas del rey, puse pies en polvorosa, llegué a mi vespa y la encaminé hacia Guadalajara. Me libré de acabar en el cuartelillo, o lo que es peor en la casa de socorro «sección linchamientos», quizás por haber sido el socorrista del pueblo antaño y caer en gracia a mucha gente. Vamos, resumiendo: Me perdonaron la vida.
Al cabo de los años, hay gente que todavía me recuerda el incidente como si de una pesada losa se tratase pero es un castigo que debo de asumir por haber profanado uno de los más carismáticos símbolos de las fiestas de Brihuega. Incluso hoy día, cada vez que veo un gigante en alguna fiesta, siento una desagradable sensación recorriéndome el espinazo. Lo peor de todo es que haya gente en el pueblo que me asocie con ello después de tanto tiempo. Es como si pudiera leerles el pensamiento: “Mira, por ahí va el que tiró el rey un domingo de fiestas”. Lo que sí puedo asegurar que hubo un antes y un después de aquello y que no he vuelto a hacer una barrabasada de ese calibre. ¡Perder para aprender!


Más me hubiera valido el haber seguido sentado debajo de la farola, poniendo a los chavales la cabeza como la del Naranjito con paperas.
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